Que les souvenirs m'entraînent et j'aurai des yeux ronds comme le monde. Paul Éluard, «Dans le cylindre des tribulations».
Estuve ahí
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Estuve en la Comarca de los Soñadores,
donde el sol no se asoma jamás
y el cielo de cada noche es un fantástico tapiz
bruñido de todas las estrellas que no se ven desde acá.
Y fui feliz, muy feliz.
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Comentarios
Anónimo dijo…
no puedo competir con el comment del usuario anónimo, pero me gustó lo que escribiste. sobre todo la palabra bruñido (no sé si viste el diccionario de la REA, pero bruñir tiene unos significados de lo más inetresantes...)
"Sé el diamante que bruña el diamante" rezaba una stranza del himno de mi colegio...
S.
Anónimo dijo…
Gerund: si bien no es excelso como el del usuario anónimo, tu comentario me ha gustado. Te cuento que "bruñir" es uno de mis verbos favoritos y que, tal vez por eso mismo, siempre me he acercado a él tangencialmente, evitando adrede la decepción del diccionario. Si vos lo recomendás daré un paseo por sus páginas, a ver qué me encuentro...
Apollonia: ojalá supiera dónde estuve. Una desventaja de los sueños es la imposibilidad de retornar a ellos. La próxima, te aviso.
¿Se trata, Imperfecto, del himno del Acosta? Desde ya, tiene frases memorables.
La taza, vacía, con un rastro marrón; el vasito, el plato, también vacíos. Migas sobre la mesa, un sobrecito de azúcar intacto, una cucharita. Un libro abierto, Dashiell Hammett en la colección «Club del misterio», de Bruguera. En el aire, cool jazz. Apenas una conversación inaudible, dos señoras cuatro mesas más allá, y nada más. Estoy solo en este mundo, que puede ser mío, y lo será al menos otra media hora. Es un mundo que desaparecerá cuando me vaya, es un mundo destinado a morir. Pero es mi mundo, y una parte de mí desaparecerá con él.
Eran dos. El de la derecha se llamaba Aristide y el otro no se llamaba dado que, estando siempre consigo, comprendía la futilidad de tal acto. Su madre, de todos modos, le había puesto Jean-Jacques. Le había depositado el nombre en cuestión en el hombro y así lo llevaba el pobre muchacho, ayudado de tanto en tanto por un pedacito de cinta Scotch o un apósito protector usado. Su vida era muy triste. Los dos se odiaban a muerte, aunque el odio de Aristide era un poco más temible que el de Jean-Jacques y éste vivía aterrado: su odio, verde y ligeramente peludito, apenas sobrepasaba el tamaño del pulgar de su enemigo. El sentimiento mutuo crecía en pos de estas cuestiones de tamaño y medida, y ambos se veían obligados a recomenzar las discusiones todo el tiempo para ajustarse a los parámetros cambiantes. Realmente, odiarse era odioso.
Trabajo en el libro de ensayos, la clave es mi hipótesis sobre los modos de apropiación en literatura. Son textos de doble enunciación, escritos por dos manos: la cita y el plagio definen la frontera legal/ilegal. En el medio está la traducción: el traductor vuelve a escribir un libro —de hecho lo copia— que es suyo y de otro (sobre todo de otro), el nombre del traductor —su propiedad— es siempre invisible o casi. Él ha escrito todo el libro, pero no le pertenece. Se trata, en todos los casos, de escribir una lectura. En el lenguaje no hay propiedad privada, el pasaje a la propiedad, es decir, la apropiación, define en un sentido la literatura. Hay que pensar qué sucede con el cambio de idioma: el escritor escribe el mismo libro en otra lengua (Borges hace eso con las citas que traduce y convierte en textos escritos siempre «a la manera de Borges», es decir, se los apropia, de modo que siempre tenemos la sensación de que él ha inventado las citas o le ha atribuido sus frases a un autor...
Comentarios
S.
Apollonia: ojalá supiera dónde estuve. Una desventaja de los sueños es la imposibilidad de retornar a ellos. La próxima, te aviso.
¿Se trata, Imperfecto, del himno del Acosta? Desde ya, tiene frases memorables.