Le llevará un segundo conocerla
sin hablar.
Lejos de su ciudad natal,
toma rumbo
hacia la nada popular.
Aliento a muerte, el tiempo ya no lo hiere.
Siempre otoño.
Él ya no será uno más.
Curioso y marginal, sus ojos reflejan
la ciudad
Mira las marcas en la piel
de la gente
y no sabe disimular.
Busca un alma caminando entre los cuerpos
y, aunque quiere,
no la puede imaginar.
Mira a la gente y lo único que entiende va
más allá.
¿Por qué le temen a la muerte
si ahora, vivos,
apenas saben caminar?
Las luces empiezan a herirlo.
Pisa el cielo ahí caído.
¿Es que todo es irreal?
Las torres lo acusan de soledad
al pasar.
Los pies lo quieren devorar
y se marea
pero aún la quiere encontrar.
Busca ese alma que lo cuide,
un suspiro que lo acune,
que lo quiera sin hablar.
Entre la jungla de sacos la descubre
sin mirar.
La encuentra abandonada
entre las risas falsas
y sin más me viene a buscar.
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La taza, vacía, con un rastro marrón; el vasito, el plato, también vacíos. Migas sobre la mesa, un sobrecito de azúcar intacto, una cucharita. Un libro abierto, Dashiell Hammett en la colección «Club del misterio», de Bruguera. En el aire, cool jazz. Apenas una conversación inaudible, dos señoras cuatro mesas más allá, y nada más. Estoy solo en este mundo, que puede ser mío, y lo será al menos otra media hora. Es un mundo que desaparecerá cuando me vaya, es un mundo destinado a morir. Pero es mi mundo, y una parte de mí desaparecerá con él.
Eran dos. El de la derecha se llamaba Aristide y el otro no se llamaba dado que, estando siempre consigo, comprendía la futilidad de tal acto. Su madre, de todos modos, le había puesto Jean-Jacques. Le había depositado el nombre en cuestión en el hombro y así lo llevaba el pobre muchacho, ayudado de tanto en tanto por un pedacito de cinta Scotch o un apósito protector usado. Su vida era muy triste. Los dos se odiaban a muerte, aunque el odio de Aristide era un poco más temible que el de Jean-Jacques y éste vivía aterrado: su odio, verde y ligeramente peludito, apenas sobrepasaba el tamaño del pulgar de su enemigo. El sentimiento mutuo crecía en pos de estas cuestiones de tamaño y medida, y ambos se veían obligados a recomenzar las discusiones todo el tiempo para ajustarse a los parámetros cambiantes. Realmente, odiarse era odioso.
Trabajo en el libro de ensayos, la clave es mi hipótesis sobre los modos de apropiación en literatura. Son textos de doble enunciación, escritos por dos manos: la cita y el plagio definen la frontera legal/ilegal. En el medio está la traducción: el traductor vuelve a escribir un libro —de hecho lo copia— que es suyo y de otro (sobre todo de otro), el nombre del traductor —su propiedad— es siempre invisible o casi. Él ha escrito todo el libro, pero no le pertenece. Se trata, en todos los casos, de escribir una lectura. En el lenguaje no hay propiedad privada, el pasaje a la propiedad, es decir, la apropiación, define en un sentido la literatura. Hay que pensar qué sucede con el cambio de idioma: el escritor escribe el mismo libro en otra lengua (Borges hace eso con las citas que traduce y convierte en textos escritos siempre «a la manera de Borges», es decir, se los apropia, de modo que siempre tenemos la sensación de que él ha inventado las citas o le ha atribuido sus frases a un autor...
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