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Límite

Piensa en los sufrimientos podados bajo falibles velos En los pequeños aficionados a ríos tortuosos A donde paseo para suicidas Iremos sin placer Iremos a remar En la garganta de las aguas. Tendremos un barco. Paul Éluard, «Limite», en Capitale de la doleur , París, Gallimard, 1926.

Los monstruos, el abismo

Quien combate a los monstruos tiene que tener cuidado de no convertirse en monstruo él mismo. Si miras durante mucho tiempo un abismo, el abismo también mira dentro de ti. Friedrich Nietzsche, Par-delà bien et mal , París, Gallimard, 1971.

Tus ojos

«Vendrá la aurora boreal, ¿y yo? Vendrá. Al amanecer. Los veré por última vez. ¿De qué color serán? Azules. Azules, con un puntito púrpura que titila en el patio con la luz que pasa entre las hojas de las palmeras. A lo mejor son grises. Grises y desolados. Estrías, rayas finitas. Yo tenía una bolita que era así. El hoyo y quema. En la calle Guardia Vieja. El tirito, el puntín, la mano alisando la tierra junto al árbol. El tirito cachuso, cuanto más cachuso mejor. A lo mejor son rojos, como los ojos colorados de los albinos, amarillos, acuosos. No. Azules. Y vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Tus ojos. Tus ojos. Y vendrá la aurora boreal y yo sin cigarrillos. [...] La bolita perdida en el árbol del convento donde van las parejas a la noche, lúbricas y obscenas, eróticas, lascivas, rijosas, pisoteando las flores lilas del jacarandá vernáculo. Vermiculitas. Vermes devorándome. Ya no estaré nunca y el amanecer tendrá tus ojos.» Isidoro Blaisten, «Y vendrá la muerte y tendrá tus ojos», en...

See What a Fool I've Been

"Voy a agregar dos anotaciones más: una, sobre cómo la literatura ha usado el psicoanálisis, y otra sobre el modo en que el psicoanálisis ha usado a la literatura. Para la primera cuestión, podemos desde luego olvidar experiencias un poco superficiales como la del surrealismo o la de la beat generation , que confundían escribir sin pensar con oír la voz secreta de la sirena de Kafka (que es muda); confundían, o intentaban confundir, la espera de la gracia y la paciencia del poeta, con un procedimiento mecánico de escritura automática: la musa es una dama suficientemente frágil como para esperar un tratamiento más delicado que ese escribir dejándose llevar por una suerte de vitalismo atropellado; es un poco ingenuo por supuesto suponer que ésa es la manera de conectarse con el inconsciente en el trabajo." Ricardo Piglia, "Los sujetos trágicos (Literatura y psicoanálisis)", en Formas breves , Barcelona, Anagrama, 2000

El mono

No puedo escribir. No sé qué me pasa, pero no puedo hacerlo; las palabras se me retoban, se rebelan, se retuercen, se rebajan, se retiran. Y me quedo sin nada, apenas las ganas de escribir y el dolor de ya no ser (o una sombra ya pronto seré). Pero leo el genial La bestia debe morir , de Nicholas Blake (en la colección de El Séptimo Círculo, con una traducción deliciosa de J. R. Wilcock), y me encuentro con lo siguiente: Nigel arrojó un cigarrillo por la ventana. –Fue por esto. Si Félix no mató a Rattery, nos vemos frente a una inverosímil coincidencia: en el mismo día en que él planeaba matarlo, y fracasó, alguien más lo planeó, y tuvo éxito. –Una coincidencia inverosímil, como usted reconoce –dijo escépticamente Blount. –No. Espere un poco. No estoy dispuesto aún a considerar imposible tal coincidencia. Si un número suficiente de monos jugaran con máquinas de escribir durante un número suficiente de siglos, acabarían por componer todos los sonetos de Shakespeare: ...

Sobre lo que mi máquina de escribir dice

Siempre, tras publicar un texto, lo releo por enésima vez. Suele suceder que, en el contexto del Jardín , las palabras se me hacen diferentes y tienen otro cuerpo, otro espesor; cambian la cara y la voz. Esta entrada no se justifica demasiado, creo, pero no puedo evitar la tentación de decir algo sobre el post anterior. Las ganas me arrastran y yo –qué más da– me dejo llevar. Grito, entonces: ¡alabada seas, perro ! ¡Me encanta cómo mandás al carajo el ritmo colándote ahí, al borde del punto final!

Exorcizar al demonio marxista

Aunque no estoy cursando ninguna materia durante este cuatrimestre (y no sé si volveré a hacerlo alguna vez), supe ser un pésimo estudiante de Letras y de Edición en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Por sus pintorescos pasillos atestados de gente, consignas revolucionarias, caras barbudas de Ches Guevaras y humo de marihuana, otro Juan (o yo mismo) paseó sus sueños de estudiar algo, aprobar parciales y finales y demostrar(se) su capacidad para, finalmente, ser un hombre de letras. Hasta aquí, la introducción necesaria para comprender el párrafo siguiente. No leo la revista Viva . Me parece apestosa. Sin embargo hoy, en una entrevista a Filmus, dieron visos de realidad a lo que yo creía un mito urbano, uno de los tantos que envuelven a mi facultad: "Corría 1974 y Perón volvió a sentar en el Ministerio de Educación a Oscar Ivanissevich, un cirujano de origen croata que rondaba los 80. Furibundo ultraderechista, Ivanissevich envió como interventor ...