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Don diabólico

    Andaba por la calle con una cancioncita enredada en la cabeza. No era gran cosa, pero la había escuchado unas horas antes y se había quedado conmigo. Caminaba, entonces, oyéndola de memoria y tocando la batería en el aire.     Un hombre flaco vestido de gris me detuvo con una mirada extraña. Haciendo la mímica de sacarse unos auriculares, arqueó la boca, como sonriendo, y me preguntó:     —¿Qué estás escuchando, que te veo tan copado?     —Nada —dije, mostrándole que no tenía en las orejas ningún auricular—. Solo escuché una canción y estoy pensando en cómo sería tocarla.     —¿Y cómo la reproducís?     —La tengo en la cabeza.     —Pero ¿cómo la escuchás?     —No la escucho, solo me la acuerdo.     Pareció asombrarse.     —A ver, ¿podés mostrarme cómo es? —preguntó.     —No, pero puedo mostrarte lo que estab...

La vieja Devoto

Me acuerdo perfectamente del último día en que entramos a la casa de la vieja Devoto. Tuvo que ser un sábado y debían ser las tres de la tarde. Andrés, con esa prudencia de la que tanto nos burlábamos entonces, prefirió quedarse en la vereda. Guido y yo fuimos quienes sorteamos el alambre vencido y nos internamos en la espesura de ese jardín selvático, de esa nada verde y húmeda. Guido y yo, los héroes de la jornada. Recorrimos el borroso camino de baldosas que conducía a la galería en ruinas y tuvimos que evitar el deseo de golpear la puerta, esa puerta prohibida. Doblamos a la derecha, siempre junto a la pared y caminamos bajo la sombra intermitente del alero, de los paraísos y esos ligustros, salvajes y endemoniados, tan grandes como nunca volví a ver. Pasamos por lo que debió haber sido un jardín de invierno y evitamos mirar la ventana del piso superior, aquella por la que alguna vez se había asomado la vieja para gritarnos algo que olvidé casi inmediatamente, pero sonaba –eso sí l...