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Cuando llueve

Los últimos días fueron largos para todos, pero especialmente para A.; por eso, esta mañana debí convencerla para que se quedara en casa. No tuve que insistir demasiado; ella sonrió y se acurrucó entre las sábanas en un parpadeo antes de seguir durmiendo. Así, el día fue raro; transcurrió neblinoso y lento mientras yo corregía una novela y tomaba café y la casa se llenaba de silencio. Pero A. lo describió mejor. Recién levantada, se paró junto a la ventana y, mirando entre las plantas la calle Franklin teñida de gris, dijo: «Cuando llueve, el mundo es de fin de semana». Yo le pedí que lo repitiera. Y después, claro, vine a escribirlo.

La llamada

El temblor en mis manos ya es casi imperceptible, pero no desaparece. El corazón aún me late tontamente. Luego de tantas dudas, después de haberme inventado excusas y contratiempos de toda clase, me armé de valor y marqué el número de Abelardo Castillo. Había pensado cuidadosamente cada palabra del speech , había buscado un tono natural pero firme, a la vez despreocupado y seguro. Lo había planeado todo. Pero, en medio de la grabación del mensaje —¡que Dios bendiga a los contestadores telefónicos!—, alguien levantó el tubo y me sacó del libreto. Se me cayó una hoja de la partitura e, indefectiblemente, mi violín chirrió asustado. Terminé hablando con Sylvia Iparraguirre, nada menos, y, aunque me dijo que Castillo no incorporará más gente a su taller por el momento y al final no fue todo tan terrible, igual me desarmé. Tendré que armarme solo. El corazón aún me late tontamente.

Todos fuimos pop

Estuve escuchando a los Perdedores Pop. Me dejaron escamado, escarchado; tengo púas y ansiedad; quiero cosas que no quiero y que, por si fuera poco, ni siquiera sé cuáles son. Tengo nostalgia de los '90, extraño mis 18 años, mis talentos, mis proyectos, los amigos que andaban por ahí (gente especial y creativa, gente común, gente tonta y brillante, gente como yo), las chicas lindas que me confiaban sus adolescencias y sus hebillitas en el pelo y dejaban que las cuidase cualquier noche (siempre fui el mejor amigo de todas), borrachas y con sueño, a la salida de cualquier lugar, a la vuelta de cualquier otro, mientras yo esperaba que se hicieran las 5 y volviese a haber trenes para emprender el largo regreso a Ituzaingó y dormir. Extraño a mi banda pop (porque todos fuimos pop), mis remeras a rayas y todas esas músicas nuevas, tanto britpop y Ruth Infarinato pasando videos de Blur a las 3 de la mañana y yo escuchando así "Charmless Man" por primera vez, en la pantalla en bl...

Cable inmediato

Otra noche en la redacción del diario. Flota en el aire esta cosa, y no pienso hacerme responsable. Es como un ansia –cigarrillos y café–, los ojos enrojecidos tras los anteojos que, pobres, ya no pueden hacer nada y el cansancio que se borra, se va, se disuelve en este impulso de escribir, los dedos que saltan solos sobre el teclado, lo literario colándose entre las hojas corregidas con tinta roja y la pantalla llena de paja, cortesía de Télam y Ansa. Esto no será nada. Nada intento contar, no me importa quién me lea. Se trata de un desahogo, y nada más. Escribir o morirse.