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Una novela abandonada. Día 2

Fioro, Sergio y vos se habían conocido y encontrado de casualidad, en una de esas casualidades que podían darse si habías sido adolescente durante los noventa y el 2000 te encontraba con veinte años. Vos habías estado tocando con Andrés, pero no lograban construir nada. Astral, la banda pop —o de rock alternativo, como se llamaba eso en aquellos años— que una vez habían armado, se había desintegrado naturalmente (bueno, no tanto: Andrés había echado a Guido y nunca había simpatizado con Eva, pero en ese momento parecía natural que la banda volviera a fojas cero tras haber grabado un hermoso demo y haber sorteado dos presentaciones públicas más o menos… Sin la cantante y sin el bajista no se podía). Y, aunque ustedes dos se creían mucho, ambos cantaban, Andrés era capaz de tocar muy bien el bajo y competentemente la guitarra y el teclado, y vos tocabas la batería con mucha fe y componías con ilusión, no iban a ningún lado. Se habían juntado un par de veces a tocar en tu casa y se ...

Una novela abandonada. Día 1

—Me voy de la banda —dijiste. Y sorprendiste a todos. Hacía bastante ya que se peleaban, los ensayos eran cada vez más difíciles y, entre la falta de compromiso de Gustavo, la apatía de Fioro y las pocas pulgas de Sergio, algo así se veía venir. Estaba a la vuelta de la esquina. Colgaba entre las telarañas del techo. Y, sin embargo, los sorprendiste y te sorprendiste. Escupiste las cinco palabras así, sin más, y enmudecieron. Probablemente haya tenido que ver con el momento. Nunca manejaste bien el tiempo, los tiempos (lo mismo podría decirse de tu desempeño como baterista, pero no lo diré: a mí me gustaba cómo tocabas y verte tocar). Chabón, era el cumpleaños de Sergio. Los chicos estaban ahí con unas cervezas, una Coca, papas fritas y pavadas así. Les gustaba celebrar los cumpleaños así, de ese modo un poco infantil, en la sala. En esas ocasiones se comía, se brindaba, se bromeaba y, luego, se ensayaba y, si había suerte y alguna novia con ganas, aparecía una torta. Soplar ...

La llamada

El temblor en mis manos ya es casi imperceptible, pero no desaparece. El corazón aún me late tontamente. Luego de tantas dudas, después de haberme inventado excusas y contratiempos de toda clase, me armé de valor y marqué el número de Abelardo Castillo. Había pensado cuidadosamente cada palabra del speech , había buscado un tono natural pero firme, a la vez despreocupado y seguro. Lo había planeado todo. Pero, en medio de la grabación del mensaje —¡que Dios bendiga a los contestadores telefónicos!—, alguien levantó el tubo y me sacó del libreto. Se me cayó una hoja de la partitura e, indefectiblemente, mi violín chirrió asustado. Terminé hablando con Sylvia Iparraguirre, nada menos, y, aunque me dijo que Castillo no incorporará más gente a su taller por el momento y al final no fue todo tan terrible, igual me desarmé. Tendré que armarme solo. El corazón aún me late tontamente.

Como que los blogs ya pasaron, ¿no?

Están todos abandonados, y ningún sentido tiene pretender otra cosa. Sólo unos pocos bloggers , estoicos, resisten, mientras los demás andamos por ahí, mezclados entre la gente (o no), dedicándonos a lo cotidiano y llevando a cabo tareas (quizás) menos públicas. Pero está claro que todo lo que afirmo en el primer párrafo puede ser desmentido en el segundo, ya que me niego a extenderle el certificado de defunción al Jardín de instantes (sin duda, el blog de mi autoría que más quiero; aquel al que me refiero, en desmedro de Fotos de Lily o Música de ascensores , cuando hablo de «mi blog»). Emprendo así, entonces, tras casi un año de ostracismo, la tarea de publicar una nueva entrada, nada menos que la primera de este 2010. Obviamente, no hay tema; sólo puedo escribir sobre mis dudas y sobre nada, como siempre. La poesía llegará después, si llega. No pienso esperarla. Por un lado, porque terminamos mal la última vez; por el otro, porque tiene una copia de la llave. Que haga lo que quiera...

Healing factor

A Wolverine le recubrieron el esqueleto de adamantium. Fruto de ese proceso (o no, no me acuerdo) es su providencial healing factor : al tipo le disparás con una escopeta y, casi de inmediato, la herida se cierra.  Lobo también tiene una capacidad similar, aunque se trata en su caso de una característica común a todos los de su raza, los czarnianos. Es muy difícil matar a cualquiera de los dos. De hecho —y a diferencia de la mayoría de los superhéroes estadounidenses—, Wolverine y Lobo están entre los pocos personajes que no han muerto para regresar después. Nunca se fueron, no hubo funerales con crossovers ni macrosagas cósmicas que cambiaran el universo para siempre. Todo lo anterior es una introducción para decir que a mí tampoco se me puede matar. Me siento muchísimo mejor después de escribir la entrada precedente (y lo que más contento me pone es que pude expresarlo sin acudir a terminología de libro de autoayuda ni hablar de "el poder curativo de las palabras"). Las pa...

Le peintre, la pomme et Picasso

Yves Montand dejó el jazzecito, doblado en cuatro, arriba del piano, y se puso a recitar a Prévert. Ni música, le mandó. Yo dejé los apuntes sobre la mesa y, de puro aburrido, me mandé a Blogger. No es un regreso lo que tengo en mente. De hecho, no tengo nada en mente. Además, el Opera tardó tanto en abrirme esta página que el disco de Montand se terminó y empezó el de Vinicius, Toquinho y María Creuza en La Fusa; ahora mismo cantan todos y no puedo evitar dispersarme. Entonces, perdido por perdido (yo), decido que esto no será más que un acto de exhibicionismo, apenas una manera de abrirme en dos y mostrar a quien quiera ver que no muestro nada. Escribo para nadie. Y para nada, por suerte.

Impromptu

En este momento tan especial, el Jardín vuelve a parecerse a lo que fue en sus comienzos: un lugar inhóspito y descuidado; interesante (digo yo), pero abandonado. Le falta ímpetu y nada indica que vaya a levantarse, a desperezarse, a sacudirse. Nada. Una vez más, escribo nada para nadie. El lector se desvaneció. Sin embargo, ella me pincha; habla de mí ante los demás y después me dice que "la intención fue (...) hacerte escribir. Fue una mezcla de provocación y reconocimiento a ese blog tan bonito que tenés. Así que ponete media pila y escribí". Y, aunque sabe que no puedo, que no me sale nada, que perdí la fe, me empuja. Me desafía. Los dos sabemos que los desafíos me importan muy poco, pero yo recuerdo esa nochecita en que hablábamos de Castillo y de Girondo y después, impunemente, de nosotros, y no puedo hacer otra cosa que escribir. Una vez me envió un mail en el que me aseguraba, entre muchas otras cosas que tampoco creo, que yo podría ser el Cortázar de mi generación. ...

El mono

No puedo escribir. No sé qué me pasa, pero no puedo hacerlo; las palabras se me retoban, se rebelan, se retuercen, se rebajan, se retiran. Y me quedo sin nada, apenas las ganas de escribir y el dolor de ya no ser (o una sombra ya pronto seré). Pero leo el genial La bestia debe morir , de Nicholas Blake (en la colección de El Séptimo Círculo, con una traducción deliciosa de J. R. Wilcock), y me encuentro con lo siguiente: Nigel arrojó un cigarrillo por la ventana. –Fue por esto. Si Félix no mató a Rattery, nos vemos frente a una inverosímil coincidencia: en el mismo día en que él planeaba matarlo, y fracasó, alguien más lo planeó, y tuvo éxito. –Una coincidencia inverosímil, como usted reconoce –dijo escépticamente Blount. –No. Espere un poco. No estoy dispuesto aún a considerar imposible tal coincidencia. Si un número suficiente de monos jugaran con máquinas de escribir durante un número suficiente de siglos, acabarían por componer todos los sonetos de Shakespeare: ...

Formas de sobrevivir

Uno de mis últimos textos publicados acá se llamó "Por favor, perdónenme". Lo escribí en la redacción del diario, tras 12 horas de trabajo, con cigarrillos y café y letras como una forma de sobrevivir. La realidad (llamémosla " mi realidad") es muy distinta hoy. Se acabaron mis horas en el diario, casi al mismo tiempo que di fin a mis días de empleado administrativo en la fábrica. Apenas me quedó la música como divertimento y las letras, claro, para mantenerme a flote. Aún así, no escribí más. Por eso la alusión del principio: llego acá pidiendo perdón. Lo que entonces fue incongruencia, hoy es la más rabiosa inconstancia. Y ni ustedes ni yo merecemos eso. Pero cuando tomé la decisión –o ella me tomó a mí– de quemar las naves en pos de esto, persiguiendo el sueño de escribir, dejando un trabajo estable y seguro y unos días de repeticiones monótonas y tibias, no me di cuenta de lo que había detrás. Dejé de ser quien era, quien siempre fui, para intentar ser quien qu...

Por favor, perdónenme

La redacción, la redacción, la redacción me mueve a la redacción, la redacción, la redacción; yo-ho-ho y una botella de ron , como me enseñó Stevenson. No engañaré a nadie si confieso que esto iba a ser otra cosa (al margen: 9 de cada 10 frases mías empiezan así –o con fórmulas parecidas– actualmente), pero el no tener plan de escritura ni páginas que corregir me fuerza a hacer estas pavadas, a abrir el bloc de notas y corretear por ahí como un cachorro salvaje. Como en El llamado de la selva , para no dejar de citar a mi amigo Jack, Jack London (intertextualidad con Virus: "Yo soy Jack, soy Jack London / vengo del planeta Mongo), que se pone celoso de Stevenson, allá solo, en el primer párrafo (¿a eso llamás párrafo? Me Río de Janeiro, pibe). Quise escribir algo con contenido, desarrollar una idea en un texto, movilizar a alguien con algo, pero no pude hacer nada de eso. Soy el fracaso de mi generación, un modelo 1980 con fecha de caducidad incierta pero, no por eso, menos inexor...

Cable inmediato

Otra noche en la redacción del diario. Flota en el aire esta cosa, y no pienso hacerme responsable. Es como un ansia –cigarrillos y café–, los ojos enrojecidos tras los anteojos que, pobres, ya no pueden hacer nada y el cansancio que se borra, se va, se disuelve en este impulso de escribir, los dedos que saltan solos sobre el teclado, lo literario colándose entre las hojas corregidas con tinta roja y la pantalla llena de paja, cortesía de Télam y Ansa. Esto no será nada. Nada intento contar, no me importa quién me lea. Se trata de un desahogo, y nada más. Escribir o morirse.