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El esperador

Espera, esperador. Yo espero. Impera, emperador. Yo impero. En mi imperio de esperanza, rodeado de silencio y desolación, escribo mientras espero que el lavarropas termine de hacer lo suyo. No sé, a ciencia cierta, de qué se trata. Nunca lo hemos compartido. Nuestra relación es leve, siempre fue así. Yo presiono el botón, él abre su puerta-ojo (de buey) y acepta, gustoso, la ropa que le ofrezco (la prefiere arrugada y delicadamente sucia). Se la dejo y me voy. Lo alimento, pero él come solo. Y nunca enciende la lucecita verde en mi presencia. Luego de una hora o dos de borboteos, gruñidos y temblores, me devuelve la ropa, obligándome con su generosidad a subir a la terraza para colgarla al sol. Con el Sol sí converso, aunque él jamás me ha respondido. En realidad, lo que pienso es que, teniendo en cuenta la inmensa distancia que nos separa, lo más probable es que mis palabras le lleguen dentro de mucho, mucho tiempo, así como es posible que yo no alcance a escuchar sus respuestas porq...

Paseo

Del piso al techo sólo necesito algo de flexibilidad. Chirrían las rodillas, pero lo consigo. Una vez arriba la cosa no es mucho mejor; la gravedad está en mi contra y las arañas sonríen en los rincones. (Habrá que limpiar con esa especie de plumero plástico verde de mango largo que se aburre detrás de la puerta del baño.) Camino, me arrastro, no sé bien qué hago. Me miro, eso sí, reflejado en la bombita de luz. Setenta y cinco watts y mi cara, todo a la vez. Sonrío y el filamento incandescente me borra la boca entera. De un saque. Ruedo hasta el ángulo opuesto, sobre la biblioteca, y me lleno de polvo y ácaros. Uno de éstos se ríe de mi asma; yo me río de él. Después me doy cuenta de que no son visibles así nomás, así que se lo digo y santo remedio: no lo veo, desaparece, no vuelve a joderme. Repto entonces por la pared de la ventana hasta tocar otra vez la alfombra. Llego al piso. Desaparezco.

volátil (bebop)

reboto por las paredes. soy un gato cool en medio de ráfagas de bebop. coltrane dispara y yo salto, corro, vuelo y, a veces, cuando hago las tres cosas a la vez, me desmaterializo. soy volátil y explosivo, soy inerte y anodino. martillo el techo con la cabeza y, al caer, me hundo en la alfombra, que cede bajo mi peso e intenta tragarme como un remolino. soy todos a la vez y todos somos yo, una hermandad perfectamente individualista. soy el sumo pontífice de mi miseria. coltrane agita la mano (la que tiene libre, en la otra tiene un cigarrillo; el saxo lo lleva colgado) y se va yendo, seguido por philly joe, lee morgan, kenny drew y curtis fuller; chambers, en cambio, se demora. siempre dije que el contrabajo era un instrumento incomodísimo. (y eso que soy baterista.) me saludan y se van. y me quedo solo conmigo. precisamente lo que estaba tratando de evitar.

Mi máquina de escribir dice

Una estatua tonta, fría y fatua, de hinduismo y Mahabharata ; un marajá sin clientes, viejo, sucio y maloliente, de barba como resaca, como excremento de rata; una dama muy altiva; un retrato de una tía que no sé cómo se llama; una llama justiciera devorándolo todo, tragándolo todo, engullendo desesperada, con temor de ya no ser, de perder su poder, de que sea otra la mujer, el mercader, el bereber, el viajante del neceser, el perro.