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Diecisiete horas

"El regreso de la aurora es un hecho", piensa Jaime al mirar el cielo rosado de Madrid. Tras una larga noche con ínfulas de eternidad, este sencillo instante brilla de otra manera y él se pierde en tribulaciones improductivas, con la seguridad de quien conoce al sol que habrá de salir en unos minutos. Le ha visto la cara y sabe que sonríe. Entretanto, la madrugada le da un último beso y se despide, con las mejillas frías de tanto esperar. Dentro de algunas horas, apenas diecisiete, la vigilia habrá terminado y ya no tendrá en el bolsillo del gabán el ticket que ahora acaricia nerviosamente. Dentro de diecisiete horas estará en el concierto de los Gipsy Kings.

Sobre las caídas

Los pocos que quedamos sabemos de nuestra fragilidad, del carácter inestable de nuestras extremidades, sean éstas ocho patas de araña o cinco de gato. Siempre caemos. El más mínimo desnivel, cualquier baldosa levantada en la vereda, alcanzan para hacernos tropezar y caer sonoramente de culo o, en el mejor de los casos, trastabillar unos metros para, finalmente, recuperar el equilibrio como un triunfo y seguir caminando.

Debut

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A las fotos con que me obsequiaron Ceci y Fioro pude sumar, gracias a algún aporte desinteresado, cuatro instantáneas de Rafael Paz , un tipo a quien no tengo el gusto de conocer, aunque admiro lo que ve a través del lente. Aquí, un vistazo a mi debut: el Zombienauta, estelar coequiper, adornando las canciones de este Juan (no tan) Solo.

(...)

Porque, sí, también estoy un poco cansado.

Autorretrato

Ahora debería escribir algo sobre la presentación en Antiguas Lunas, siento que es necesario pero, al mismo tiempo, no tengo ni un poquito de ganas. Visito el Jardín por compromiso y le doy un obligatorio beso sin boca en la mejilla morada a la tía más gorda, esa que me aprieta, me pellizca y me pregunta si quiero más a mi mamá o a mi papá. Y qué sé yo, tía, qué sé yo a quién quiero más (o si quiero a alguien). Dejame jugar tranquilo. Bueno, quiero un pedacito de pastafrola. No, más chiquito. Y no sé a qué viene esto. Acabo de mirar las estadísticas y sigue llegando gente de todos lados, gente que no conozco, a leer lo que escribo. (Alguien se quedó durante más de dos horas: o recorrió los archivos y se leyó todo o se olvidó de irse.) El show debe continuar, grita una voz engolada desde el costado; no tengo que sacarme el bonete, pero la verdad es que me molesta y, además, acaba de romperse el elastiquito cruzándome la cara como un latigazo. Lo cierto es que, si bien yo sé que muchos d...

Recordatorio

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Anoche estuvimos ensayando con José y la Anto en el Molino y sólo les diré algo: va a estar bueno.

Mis treguas

Si hay alguien que evita que viva en guerra permanente con el mundo, sos vos. Mi belicosidad pierde ante un beso tuyo y llevás en las manos todas mis treguas.

Menos que cero

Soy mi primer detractor, lo supe siempre, y ahora, con los ceros arremolinándose a mi alrededor, pienso que tal vez hubiese sido mejor no apresurarme. "Deme algo que borre, que me borre, que nos borre a todos y haga desaparecer todos esos ceros, esas ausencias, esos agujeros invisibles" dije, casi gritando, al dependiente quien, sin dudar, me sugirió "Lleve de éstos, señor. Importados. Son los mejores", al tiempo que alargaba sobre el mostrador el paquetito cónico verde. Lo tomé sin vacilación, olvidé pagarle y me dirigí a casa, sin atreverme en todo el camino a mirar el bulto que llevaba apretado contra mi pecho. "Es frío", pensé, "y no pesa casi nada". Ojalá hubiera pasado algo que me detuviera, cuánto quisiera que alguien me hubiese frenado. Abrí el paquete, destrozando el papel de estraza. "Papel ordinario", atiné a pensar, aún en medio de mi frenesí. La revelación del contenido no pudo turbarme más. Los ceros me rodean ahora y, tra...

Desengaño

Esto es una farsa, confesémoslo: nadie va a leer lo que escribo si no consigo hacerlo salir a través de mis dedos. Y si tengo que tomarme el trabajo de escuchar lo que pienso, ordenar las palabras mentales y traducirlas a palabras humanas y, luego, sobrellevar el enorme esfuerzo de presionar botones grabados con símbolos convencionales representando letras, ¿de qué manera se vería retribuido todo eso con el paso fugaz de algunos pares de ojos sobre mis renglones? ¡No tiene ningún sentido! Ahora tengo la certeza: seré un vagabundo y mantendré, en silencio, frondosas conversaciones conmigo mismo. Que los demás se vayan a criar malvas.

Plan

Esperaré a la vida despierto y preparado, con el pelo recién peinado y todo empacado en la valija celeste. Mientras ella suba las escaleras, yo ensayaré frente al espejo del vestíbulo mis mejores caras, para intentar sorprenderla como a una lechuza. Hasta que llegue despacharé esas cartas y quemaré las demás, las marcadas, las que usé para hacer trampas durante años y que ya no necesitaré. Eso sí: cuando toque el timbre, fingiré que no estoy. No se la pienso hacer fácil.

Blanche et moi

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-Vamos, Blanche, olvidemos todo. Sé que soy torpe y que no sé tratarte, que no respeto tus tiempos y me cruzo siempre; lo sé todo. Pero también sé que te necesito y me necesitás; por favor, blanquita, perdoname. -¡Tata-tata bururúm bururúm swishhhhhh! -Gracias. Yo también.

Otra canción inconclusa

Si camino solo y sin cantar es porque no creo en nadie más y yo sé que la ciudad se va a comer este dolor y esta noche todo, todo irá mejor. Cruzo calles, llego al boulevard con las suelas sucias de realidad. Veo cuervos que me miran desde los postes de luz, pero yo no cargo ya ninguna cruz. Siento el pelo crecer en la nuca. Siento el temor trepar más que nunca. Cientos de ellos y una pregunta.

Perro malo

Quieren que nos conozcamos: no lo haré. No me conozco ni pretendo conocer a nadie en un minuto. Ni en más tiempo, porque no se trata de eso. Es una cuestión de principios. Eso de andar olisqueando a los demás, a mí, la verdad, no me va. Yo tengo pedigree. Y soy un perro malo.

Vientito del Paraná

Puta que estaba lindo Dorian Gray, entrecerrando sus ojos de hoja de soja y mojando las patas gráciles, núbiles, en el agua fresca del mediodía litoraleño. Eran piernas de quimera, las del muchacho, y boca de Dios. El Marqués lo acompañaba y Sofanor Cardozo, el resero, calentaba al fuego las herraduras para sus dos convidados. Dorian recitaba versos perversos y Donatien Alphonse François, que no era otro que el Marqués de Sade, los anotaba dequerusa en un cuaderno Avon, rayado, con espiral. Cuando los herrajes estuvieron listos, don Cardozo llamó a los zánganos con un zumbido. Como sólo acudieron abejas macho, ansiosas de exhibir su virilidad revoloteando alrededor de él, el viejo se dirigió directamente a los dos amigos con un par de silbidos cortos, de los que antaño usara para llamar al Cachafaz. Esta vez tuvo éxito y Gray y el Marqués resultaron herrados. También el resero estaba errado, ya que había calentado cuatro herraduras para dos personas que daban toda la impresión de manej...

Los perros que se van

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“Iba a llamarse Pamela, pero terminó siendo Pomelo”, dijo Juli a nuestros padres. Los criadores no pudieron evitar un involuntario rictus de horror ante los argumentos irrefutables de una nena de 11 años que sostenía en brazos a uno de los cachorros más chiquitos de la última camada, hijo, nieto y bisnieto de campeones, con todas las características de un Airedale Terrier legítimo y el nombre en regla de Eliat de Ayar Chehua. De más está decirlo: la nena se salió con la suya y Pomelo llegó a casa. Yo tenía 13 y ese fin de año me iba a Bélgica, por lo que prácticamente nos cruzamos en la puerta, la bolita peluda y yo. Nos encontramos a mi regreso, yo distinto y él casi irreconocible. No nos importó y corrimos, rodamos en el pasto, nos mordimos, gruñimos y nos pusimos sobrenombres tontos. Hoy, 13 años después, Pomelo está en una jaula impersonal en un hospital veterinario de Morón. Tiene dos sondas en el cuerpo, hace 24 horas que está internado y sigue con la arritmia cardíaca con la que...

Tout a été dit cent fois

Todo se ha dicho cien veces Y mucho mejor que por mí Por eso cuando escribo versos Es porque me divierte Es porque me divierte Es porque me divierte y váyanse a tomar viento. Boris Vian, Je voudrais pas crever , Francia, 2000

No vivo

Estar acá es como bucear por dinero en las aguas densas del Riachuelo, como arrojar cadáveres desde un helicóptero, como limarme los dientes, como coserme los ojos, como juntar verduras podridas al costado de la vía del tren, como comer cartón mojado, como vivir en Liniers bajo la autopista, como criar verrugas bajo las uñas, como dormir sobre un perro sarnoso y purulento. Las horas que vendo son irrecuperables y mi sueldo no alcanza para comprar todo lo que no vivo. Me siento minimizado y embrutecido como Kafka en la compañía de seguros. Cualquier día me muero. Y deberán buscar otro administrativo.

Villa Luro, diez años después

Hace casi diez años me bajaba del tren en Villa Luro, cruzaba el puente sobre las vías y tomaba la calle Víctor Hugo hasta Moliére; las mañanas eran soleadas y yo confraternizaba secretamente con los escritores que, habiendo pergeñado maravillas, terminaban dando nombre a calles que nacían entre la autopista y el andén y se desdibujaban en la avenida Juan B. Justo. Yo estaba destinado a grandes cosas, escribía como Arlt y daba forma a mis primeras canciones (o letras, en realidad; apenas cuatro o cinco estrofas con una melodía sobrevolándolo todo y obligándome a cantarla una y otra vez para que no se me olvidara) y tenía tiempo: era muy joven, un muchacho realmente prodigioso. Y esas mañanas de Villa Luro estaban llenas de luz naranja, y yo me dirigía a mi primer trabajo parando en cada esquina a garabatear una idea genial en mi block. Acababa de terminar el secundario y estaba dando ya mis primeros pasos en una carrera artística, convencido de que en tres o cuatro años más sería un c...

Ricardo

Esa mañana buscó mecánicamente el revolver en el último cajón del escritorio, lo cargó y lo guardó en el bolsillo derecho del saco mientras preparaba café. Fue precisamente la Volturno haciendo gárgaras calientes lo que lo despertó, lo que hizo que notara de repente ese peso en el bolsillo, pero se sintió tan cansado que dejó todo como estaba. Ricardo arrastraba tras de sí un cansancio de siglos. En la recepción de la primera empresa que visitó se repitió la misma escena de todas las mañanas de su vida. -Buenos días, tengo una cita con el Ingeniero Nollmann -se anunció Ricardo. -Cómo no, ¿su nombre? -preguntó jovialmente la secretaria. -Tapia. Ricardo Tapia. -¿Como Robin? -dijo la chica con una sonrisa. -Exacto -dijo Ricardo. Y le descerrajó un tiro en la frente.

Distancia

Es la distancia lo único que compartimos, así que no sé de qué te reís, no sé cómo hacés para no sentir la gigantesca burbuja que late entre ambos, esa burbuja que cualquier día revienta y nos deja cubiertos de nada a los dos.