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Vientito del Paraná

Puta que estaba lindo Dorian Gray, entrecerrando sus ojos de hoja de soja y mojando las patas gráciles, núbiles, en el agua fresca del mediodía litoraleño. Eran piernas de quimera, las del muchacho, y boca de Dios. El Marqués lo acompañaba y Sofanor Cardozo, el resero, calentaba al fuego las herraduras para sus dos convidados. Dorian recitaba versos perversos y Donatien Alphonse François, que no era otro que el Marqués de Sade, los anotaba dequerusa en un cuaderno Avon, rayado, con espiral. Cuando los herrajes estuvieron listos, don Cardozo llamó a los zánganos con un zumbido. Como sólo acudieron abejas macho, ansiosas de exhibir su virilidad revoloteando alrededor de él, el viejo se dirigió directamente a los dos amigos con un par de silbidos cortos, de los que antaño usara para llamar al Cachafaz. Esta vez tuvo éxito y Gray y el Marqués resultaron herrados. También el resero estaba errado, ya que había calentado cuatro herraduras para dos personas que daban toda la impresión de manej...

Los perros que se van

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“Iba a llamarse Pamela, pero terminó siendo Pomelo”, dijo Juli a nuestros padres. Los criadores no pudieron evitar un involuntario rictus de horror ante los argumentos irrefutables de una nena de 11 años que sostenía en brazos a uno de los cachorros más chiquitos de la última camada, hijo, nieto y bisnieto de campeones, con todas las características de un Airedale Terrier legítimo y el nombre en regla de Eliat de Ayar Chehua. De más está decirlo: la nena se salió con la suya y Pomelo llegó a casa. Yo tenía 13 y ese fin de año me iba a Bélgica, por lo que prácticamente nos cruzamos en la puerta, la bolita peluda y yo. Nos encontramos a mi regreso, yo distinto y él casi irreconocible. No nos importó y corrimos, rodamos en el pasto, nos mordimos, gruñimos y nos pusimos sobrenombres tontos. Hoy, 13 años después, Pomelo está en una jaula impersonal en un hospital veterinario de Morón. Tiene dos sondas en el cuerpo, hace 24 horas que está internado y sigue con la arritmia cardíaca con la que...

Tout a été dit cent fois

Todo se ha dicho cien veces Y mucho mejor que por mí Por eso cuando escribo versos Es porque me divierte Es porque me divierte Es porque me divierte y váyanse a tomar viento. Boris Vian, Je voudrais pas crever , Francia, 2000

No vivo

Estar acá es como bucear por dinero en las aguas densas del Riachuelo, como arrojar cadáveres desde un helicóptero, como limarme los dientes, como coserme los ojos, como juntar verduras podridas al costado de la vía del tren, como comer cartón mojado, como vivir en Liniers bajo la autopista, como criar verrugas bajo las uñas, como dormir sobre un perro sarnoso y purulento. Las horas que vendo son irrecuperables y mi sueldo no alcanza para comprar todo lo que no vivo. Me siento minimizado y embrutecido como Kafka en la compañía de seguros. Cualquier día me muero. Y deberán buscar otro administrativo.

Villa Luro, diez años después

Hace casi diez años me bajaba del tren en Villa Luro, cruzaba el puente sobre las vías y tomaba la calle Víctor Hugo hasta Moliére; las mañanas eran soleadas y yo confraternizaba secretamente con los escritores que, habiendo pergeñado maravillas, terminaban dando nombre a calles que nacían entre la autopista y el andén y se desdibujaban en la avenida Juan B. Justo. Yo estaba destinado a grandes cosas, escribía como Arlt y daba forma a mis primeras canciones (o letras, en realidad; apenas cuatro o cinco estrofas con una melodía sobrevolándolo todo y obligándome a cantarla una y otra vez para que no se me olvidara) y tenía tiempo: era muy joven, un muchacho realmente prodigioso. Y esas mañanas de Villa Luro estaban llenas de luz naranja, y yo me dirigía a mi primer trabajo parando en cada esquina a garabatear una idea genial en mi block. Acababa de terminar el secundario y estaba dando ya mis primeros pasos en una carrera artística, convencido de que en tres o cuatro años más sería un c...

Ricardo

Esa mañana buscó mecánicamente el revolver en el último cajón del escritorio, lo cargó y lo guardó en el bolsillo derecho del saco mientras preparaba café. Fue precisamente la Volturno haciendo gárgaras calientes lo que lo despertó, lo que hizo que notara de repente ese peso en el bolsillo, pero se sintió tan cansado que dejó todo como estaba. Ricardo arrastraba tras de sí un cansancio de siglos. En la recepción de la primera empresa que visitó se repitió la misma escena de todas las mañanas de su vida. -Buenos días, tengo una cita con el Ingeniero Nollmann -se anunció Ricardo. -Cómo no, ¿su nombre? -preguntó jovialmente la secretaria. -Tapia. Ricardo Tapia. -¿Como Robin? -dijo la chica con una sonrisa. -Exacto -dijo Ricardo. Y le descerrajó un tiro en la frente.

Distancia

Es la distancia lo único que compartimos, así que no sé de qué te reís, no sé cómo hacés para no sentir la gigantesca burbuja que late entre ambos, esa burbuja que cualquier día revienta y nos deja cubiertos de nada a los dos.

Ciencia [dedicado a A.]

En algún lugar de los vastos arenales de Marte hay un cristal muy pequeño y muy extraño. Si alzas el cristal y miras a través de él, verás el hueso detrás de tu ojo, y más adentro luces que se encienden y se apagan, luces enfermas que no consiguen arder; son tus pensamientos. Si oprimes entonces el cristal en el sentido del eje medio, tus pensamientos adquirirán claridad y justeza deslumbrantes, descubrirás de un golpe la clave del Universo todo, sabrás por fin contestar hasta el último por qué. En algún lugar de Marte se halla ese cristal. Para encontrarlo hay que examinar grano por grano los inacabables arenales. Sabemos, también, que, cuando lo encontremos y tratemos de recogerlo, el cristal se disgregará y sólo nos quedará un poco de polvo entre los dedos. Sabemos todo eso, pero lo buscamos igual. Héctor G. Oesterheld, Los argentinos en la Luna , Argentina, 1968

Chica

Era nuestra primera noche en Santiago de Chile. El guitarrista y el bajista se habían quedado no sé dónde, arrullados por los ligeros efluvios del pisco con Coca-Cola, y yo me dirigía con la chica llamada Chica a algún lugar que no consigo recordar. Estaba solo en el asiento trasero de su auto, con ella abrochándose el cinturón de seguridad e intentando darme conversación, cuando Colorín se asomó por la ventana abierta del acompañante y le dijo algo a Chica, algo rápido e ininteligible como puede ser el chileno de madrugada. Ella asintió, buscando en su cartera de Pandora ante los ojos muy abiertos del pelirrojo. Chica se apoyó en la pierna la licencia de conducir y armó dos o tres prolijas líneas blancas. Ambos inhalaron profundamente y me ofrecieron con un movimiento de cabeza el ajado documento. "No, gracias", dije, con una sonrisa a medias, pretendiendo mundanía y logrando exactamente el efecto contrario. Tras dos minutos cargados de nada, Chica se volvió y me sugirió ...

Semblanza del odio entre Aristide y Jean-Jacques

Eran dos. El de la derecha se llamaba Aristide y el otro no se llamaba dado que, estando siempre consigo, comprendía la futilidad de tal acto. Su madre, de todos modos, le había puesto Jean-Jacques. Le había depositado el nombre en cuestión en el hombro y así lo llevaba el pobre muchacho, ayudado de tanto en tanto por un pedacito de cinta Scotch o un apósito protector usado. Su vida era muy triste. Los dos se odiaban a muerte, aunque el odio de Aristide era un poco más temible que el de Jean-Jacques y éste vivía aterrado: su odio, verde y ligeramente peludito, apenas sobrepasaba el tamaño del pulgar de su enemigo. El sentimiento mutuo crecía en pos de estas cuestiones de tamaño y medida, y ambos se veían obligados a recomenzar las discusiones todo el tiempo para ajustarse a los parámetros cambiantes. Realmente, odiarse era odioso.

Arlistán, aleja de mí ese cáliz

No me habléis de néctar de los dioses, lleváos esa ambrosía. Esta mañana, tras tragar café soluble en agua de bidón durante diez días con sus noches, tomé un delicioso Franja Azul de Bonafide. He despertado.

Costa del Este

Michael Stipe canta At My Most Beautiful al lado mío, yo leo a Gérard de Nerval mientras la ducha recorre a An. Juli y Leo juegan afuera, las luces de la galería recién encendidas y un aguacil deslumbrado. El sol que guardo bajo la piel conserva nuestros calores y, excepto esto, no hay nada más que quiera escribir.

La Cucaracha soñadora

Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha. Augusto Monterroso, La Oveja negra y demás fábulas , México, 1969

Con las mujeres no hay manera

Faltan 18 minutos para las once de la noche. Hace mucho calor, todo el que cabría esperar un 7 de enero. Jugar con esta Remington es tan insano como no hacer nada; es sólo otra manera de evitar el suicidio. O de justificarlo. Luego: 22.46. La hora indicada para comenzar con las deshoras. Si se puede, claro. Si los vecinos no están dando otra fiesta, si esta noche providencial deciden dormir, si se fueron de vacaciones a Posadas, Chapadmalal o Helsinki. Lo mismo da mientras no se manifiesten (de "many fiestas"). Y, como no los escucho, no existen. Cogito, ergo sum. Me siento casi afortunado. Bendita sea la madre que dejaron en Misiones para venir a estudiar medicina en Buenos Aires, santa mujer que les reclama que la visiten en el verano, les cocina en la casa familiar y los arropa mientras la rubita suelta culebras por lo bajo y el muchacho coge una de esas borracheras totales, de pueblo selvático, de primera adolescencia, amigos y mujeres que trabajan con el cuerpo. Yo escri...

De qué

-¿De qué se alimentan las hormigas voladoras, Ju? -preguntó ella. -No sé -me escuché decir. -¿Pero son coloniales? -insistió. -Creo que sí, pero no sé -insistí. -Miau. Ambos miramos a Carola. Ella se lamió una pata.

Hallazgo

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Andrea encontró el sábado una hojita acribillada por la Remington. El culpable, presumiblemente, soy yo y se trata del primer encuentro entre mis dedos y las teclas de mi nueva vieja máquina de escribir. Yo no recordaba nada pero asistí, sentado en el futón, a la lectura de dicho papel. En la voz de ella, esos juegos tipográficos sonaban bien. Y los quise publicar. Acá va el primero. Recibió, como los demás, su título fortuito gracias a la primera frase que flotaba arriba del párrafo. También como los otros, es ahora de Andrea. JUAN ES INVISIBLE la tinta de esta vieja Remington Standard made at Ilion, New York, U.S.A. está un poco -bastante- seca, especialmente en las mayúsculas. No sé bien qué relación pueda haber entre una cosa y la otra, pero así es, my brother. Soul brother. Pavement brother. Brotha. Bro. Bromelia.

El caos

Al ser preguntado sobre qué es lo primero que haría si fuera gobierno, Kung-Fu-Tsé, vulgo Confucio, respondió: Corregir el lenguaje, porque si el lenguaje no es correcto lo que se dice no es lo que significa; si lo que se dice no es lo que significa, lo que debe ser hecho queda sin hacer; si lo que debe ser hecho queda sin hacer, la moral se deteriora; si la moral se deteriora, la justicia andará extraviada; si la justicia anda extraviada la gente quedará en una tremenda confusión. Y eso es el caos.

Mis alerones de pterodáctilo

Acabo de terminar de leer El que tiene sed y aún me laten los párpados. Es el temblor que nació en la página 236 lo que me obliga a transcribir para ustedes (y para mí, por el inmenso placer de dejar escapar estas palabras por las yemas de los dedos) el siguiente párrafo. En él Abelardo Castillo habla, usando la voz del escritor alcohólico Esteban Espósito -su alter ego-, de él y de mí y me hace sentir un poco miserable pero, definitivamente, entero. "Y no son mis palabras, sino el tono: no es lo que estoy diciendo, sino lo que no puedo decir, lo que hace que el Viejo me mire como me está mirando. Estoy triste. Y estoy triste porque me voy. No puede ser, no puede estar sucediéndome semejante cosa. No soy un chico, soy un hombre maduro. Un maduro dipsómano, como había dicho el doctor Miguel el primer día. Y no he venido a aprender nada, a buscar ningún esplendor. El esplendor lo tengo en la bragueta, bajo la especie de un frío grabador con una lucecita colorada, tengo los geni...

Historia breve

Ella me descubrió, me buscó, me anheló, me esperó; luego yo entendí y caí. Ahora soy yo quien la espera y respiro la certeza de que un día se irá con un físico y nunca podré perdonarnos.

El Año Nuevo chino puede ser una excusa...

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... pero una versión especial de Jardín de instantes acaba de ser lanzada para el gran mercado asiático. Los comentarios, incluso en Pekín, siguen marcando 0: nosecuántos millones de chinos no pueden estar equivocados.