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Sol

Una semana sin sol. Siete días sin que aparezca el astro rey. ¿Y si Galactus se lo hubiera comido? Habrá que estar atentos y mirar el cielo: si aparece Silver Surfer, fuimos.

Cuando llueve

Los últimos días fueron largos para todos, pero especialmente para A.; por eso, esta mañana debí convencerla para que se quedara en casa. No tuve que insistir demasiado; ella sonrió y se acurrucó entre las sábanas en un parpadeo antes de seguir durmiendo. Así, el día fue raro; transcurrió neblinoso y lento mientras yo corregía una novela y tomaba café y la casa se llenaba de silencio. Pero A. lo describió mejor. Recién levantada, se paró junto a la ventana y, mirando entre las plantas la calle Franklin teñida de gris, dijo: «Cuando llueve, el mundo es de fin de semana». Yo le pedí que lo repitiera. Y después, claro, vine a escribirlo.

Un robot

Hoy, mientras esperaba que me recibiera la coordinadora editorial que me había citado al mediodía en ese edificio en pleno centro, y una vez que me hube cansado de mirar el cuadro ante mí y la cartelera con papelería vieja, los rastros de antiguas manchas en la alfombra azul y el modo en que esta se encontraba con el parqué, el potus junto a la ventana y a la recepcionista que, obediente e incómoda, se escondía detrás del monitor chato, empecé a pensar en lo que pasaría si un robot gigantesco llegara por la Avenida Belgrano (procedente del bajo, supongo; tal vez salido del Río de la Plata luego de haber caminado por el fondo oceánico desde quién sabe dónde) y empezara a destruirlo todo —pero mal, como Mechagodzilla en una película japonesa de los setenta—; en ese caso, nuestra ubicación, en un noveno piso, sería privilegiada y, sin dejar de coquetear con la muerte, podríamos contemplar el espectáculo. Entonces, justo entonces, apareció una mujer enfundada en una llamativa blusa flore...

Como quien oye por primera vez

Estoy grabando un disco de canciones. Lenta, tímidamente y con muchas dudas, pero de manera inexorable, casi fatalista: debe ser, y será. También escucho mucha música, y he leído —y leo; ahora mismo, Después del rock: psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas , del crítico y ensayista inglés Simon Reynolds— mucho sobre músicos, discos, géneros y estilos. Puedo decir que, pese a mi medianía como músico, sé de música. Lo que me pasa ahora es que escucho la guitarra y la voz de referencia que grabamos con José para la canción «Cerca de mí» y automáticamente puedo imaginar el resto de los instrumentos, lo que cada uno hará y su tratamiento de forma más o menos clara. Y no sé si eso es bueno. Primero, lo vi como una virtud. Ahora tengo mis dudas. En un principio, «Cerca...» era una canción midtempo de guitarras dulces y cristalinas y voces susurrantes, a lo Byrds. Nunca la interpreté más que con mi guitarra criolla y mi voz, pero esa idea de cómo sonaría ...

Límite

Piensa en los sufrimientos podados bajo falibles velos En los pequeños aficionados a ríos tortuosos A donde paseo para suicidas Iremos sin placer Iremos a remar En la garganta de las aguas. Tendremos un barco. Paul Éluard, «Limite», en Capitale de la doleur , París, Gallimard, 1926.

Los monstruos, el abismo

Quien combate a los monstruos tiene que tener cuidado de no convertirse en monstruo él mismo. Si miras durante mucho tiempo un abismo, el abismo también mira dentro de ti. Friedrich Nietzsche, Par-delà bien et mal , París, Gallimard, 1971.

Tus ojos

«Vendrá la aurora boreal, ¿y yo? Vendrá. Al amanecer. Los veré por última vez. ¿De qué color serán? Azules. Azules, con un puntito púrpura que titila en el patio con la luz que pasa entre las hojas de las palmeras. A lo mejor son grises. Grises y desolados. Estrías, rayas finitas. Yo tenía una bolita que era así. El hoyo y quema. En la calle Guardia Vieja. El tirito, el puntín, la mano alisando la tierra junto al árbol. El tirito cachuso, cuanto más cachuso mejor. A lo mejor son rojos, como los ojos colorados de los albinos, amarillos, acuosos. No. Azules. Y vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Tus ojos. Tus ojos. Y vendrá la aurora boreal y yo sin cigarrillos. [...] La bolita perdida en el árbol del convento donde van las parejas a la noche, lúbricas y obscenas, eróticas, lascivas, rijosas, pisoteando las flores lilas del jacarandá vernáculo. Vermiculitas. Vermes devorándome. Ya no estaré nunca y el amanecer tendrá tus ojos.» Isidoro Blaisten, «Y vendrá la muerte y tendrá tus ojos», en...

Silencio

Las palabras pasan. Queda el silencio.

Esta mañana

Esta mañana desperté mojado, cubierto de un líquido viscoso y mechones pegajosos de pelos blancos. Esta mañana desperté ensalivado. Fui vomitado durante la noche por un conejo.

La llamada

El temblor en mis manos ya es casi imperceptible, pero no desaparece. El corazón aún me late tontamente. Luego de tantas dudas, después de haberme inventado excusas y contratiempos de toda clase, me armé de valor y marqué el número de Abelardo Castillo. Había pensado cuidadosamente cada palabra del speech , había buscado un tono natural pero firme, a la vez despreocupado y seguro. Lo había planeado todo. Pero, en medio de la grabación del mensaje —¡que Dios bendiga a los contestadores telefónicos!—, alguien levantó el tubo y me sacó del libreto. Se me cayó una hoja de la partitura e, indefectiblemente, mi violín chirrió asustado. Terminé hablando con Sylvia Iparraguirre, nada menos, y, aunque me dijo que Castillo no incorporará más gente a su taller por el momento y al final no fue todo tan terrible, igual me desarmé. Tendré que armarme solo. El corazón aún me late tontamente.
Para nacer he nacido.

El esperador

Espera, esperador. Yo espero. Impera, emperador. Yo impero. En mi imperio de esperanza, rodeado de silencio y desolación, escribo mientras espero que el lavarropas termine de hacer lo suyo. No sé, a ciencia cierta, de qué se trata. Nunca lo hemos compartido. Nuestra relación es leve, siempre fue así. Yo presiono el botón, él abre su puerta-ojo (de buey) y acepta, gustoso, la ropa que le ofrezco (la prefiere arrugada y delicadamente sucia). Se la dejo y me voy. Lo alimento, pero él come solo. Y nunca enciende la lucecita verde en mi presencia. Luego de una hora o dos de borboteos, gruñidos y temblores, me devuelve la ropa, obligándome con su generosidad a subir a la terraza para colgarla al sol. Con el Sol sí converso, aunque él jamás me ha respondido. En realidad, lo que pienso es que, teniendo en cuenta la inmensa distancia que nos separa, lo más probable es que mis palabras le lleguen dentro de mucho, mucho tiempo, así como es posible que yo no alcance a escuchar sus respuestas porq...

Como que los blogs ya pasaron, ¿no?

Están todos abandonados, y ningún sentido tiene pretender otra cosa. Sólo unos pocos bloggers , estoicos, resisten, mientras los demás andamos por ahí, mezclados entre la gente (o no), dedicándonos a lo cotidiano y llevando a cabo tareas (quizás) menos públicas. Pero está claro que todo lo que afirmo en el primer párrafo puede ser desmentido en el segundo, ya que me niego a extenderle el certificado de defunción al Jardín de instantes (sin duda, el blog de mi autoría que más quiero; aquel al que me refiero, en desmedro de Fotos de Lily o Música de ascensores , cuando hablo de «mi blog»). Emprendo así, entonces, tras casi un año de ostracismo, la tarea de publicar una nueva entrada, nada menos que la primera de este 2010. Obviamente, no hay tema; sólo puedo escribir sobre mis dudas y sobre nada, como siempre. La poesía llegará después, si llega. No pienso esperarla. Por un lado, porque terminamos mal la última vez; por el otro, porque tiene una copia de la llave. Que haga lo que quiera...

Lo que Zozaya no sabía

Zozaya sabía muchas cosas. Sabía, por ejemplo, que era sábado. Sabía que había sol y que, según el pronóstico, la mínima era de 12 grados y la máxima, de 28, por lo que podía inferir (aunque podría decirse, directamente, que "lo sabía") que la temperatura del día sería agradable. Zozaya sabía de cuánto dinero disponía, y sabía también que la billetera estaba en el bolsillo trasero derecho de su pantalón (por supuesto, sabía en qué iba a gastarlo). Zozaya conocía bien el trayecto que el 39 recorría. Zozaya sabía cuánto duraría el viaje y en qué parada habría de apearse. Sabía, además, que el colectivo paraba en la vereda de enfrente y podía verlo detenido en la bocacalle anterior, por lo que sólo tenía que cruzar la avenida. Lo que Zozaya no sabía era que tendría que haber mirado a ambos lados antes de cruzar. Tal vez así hubiera podido evitar el camión que venía en dirección contraria.
Y, un día, el tipo desapareció.

Paseo

Del piso al techo sólo necesito algo de flexibilidad. Chirrían las rodillas, pero lo consigo. Una vez arriba la cosa no es mucho mejor; la gravedad está en mi contra y las arañas sonríen en los rincones. (Habrá que limpiar con esa especie de plumero plástico verde de mango largo que se aburre detrás de la puerta del baño.) Camino, me arrastro, no sé bien qué hago. Me miro, eso sí, reflejado en la bombita de luz. Setenta y cinco watts y mi cara, todo a la vez. Sonrío y el filamento incandescente me borra la boca entera. De un saque. Ruedo hasta el ángulo opuesto, sobre la biblioteca, y me lleno de polvo y ácaros. Uno de éstos se ríe de mi asma; yo me río de él. Después me doy cuenta de que no son visibles así nomás, así que se lo digo y santo remedio: no lo veo, desaparece, no vuelve a joderme. Repto entonces por la pared de la ventana hasta tocar otra vez la alfombra. Llego al piso. Desaparezco.

Cumplido

Imagen
El sábado, una chica de grandes ojos negros que apenas me conoce me dijo, mirándome y sonriendo, que parecía un personaje de Krazy Kat . El mejor piropo de mi vida.

Healing factor

A Wolverine le recubrieron el esqueleto de adamantium. Fruto de ese proceso (o no, no me acuerdo) es su providencial healing factor : al tipo le disparás con una escopeta y, casi de inmediato, la herida se cierra.  Lobo también tiene una capacidad similar, aunque se trata en su caso de una característica común a todos los de su raza, los czarnianos. Es muy difícil matar a cualquiera de los dos. De hecho —y a diferencia de la mayoría de los superhéroes estadounidenses—, Wolverine y Lobo están entre los pocos personajes que no han muerto para regresar después. Nunca se fueron, no hubo funerales con crossovers ni macrosagas cósmicas que cambiaran el universo para siempre. Todo lo anterior es una introducción para decir que a mí tampoco se me puede matar. Me siento muchísimo mejor después de escribir la entrada precedente (y lo que más contento me pone es que pude expresarlo sin acudir a terminología de libro de autoayuda ni hablar de "el poder curativo de las palabras"). Las pa...

Abisal

An se fue de viaje y ando solo por la casa, rebotando entre paredes, sin hablar con nadie y evitando mirar por las ventanas. La calle está abajo, pero eso no importa. El sol lastima y la leve corriente de aire no me despeina. Pensaba trabajar mucho, hacer —como otras veces— de esta casa mi gabinete de corrección, mi oficina, mi atestada redacción unipersonal, mi taller de relojería. Pero no. No tengo tanto por hacer, y liquido en 5 minutos cada cosa que me cae. También quería dibujar, cantar, componer, grabar y ver amigos postergados en mi tiempo libre. Y nada. "Quise tantas cosas, quise y no conseguí ninguna, tal vez por quererlas todas o por no intentar con una", como cito más arriba. (El problema es que no me conforma pensar "Por lo menos hice algunos planes". Mis planes nunca llegaron a ser tales.) No estoy mal, para nada, pero me falta fuego interior. Tengo frío en el pecho y los ojos no me sirven. Ando como un pez abisal, arrastrando mi barriga contra la aren...

See What a Fool I've Been

"Voy a agregar dos anotaciones más: una, sobre cómo la literatura ha usado el psicoanálisis, y otra sobre el modo en que el psicoanálisis ha usado a la literatura. Para la primera cuestión, podemos desde luego olvidar experiencias un poco superficiales como la del surrealismo o la de la beat generation , que confundían escribir sin pensar con oír la voz secreta de la sirena de Kafka (que es muda); confundían, o intentaban confundir, la espera de la gracia y la paciencia del poeta, con un procedimiento mecánico de escritura automática: la musa es una dama suficientemente frágil como para esperar un tratamiento más delicado que ese escribir dejándose llevar por una suerte de vitalismo atropellado; es un poco ingenuo por supuesto suponer que ésa es la manera de conectarse con el inconsciente en el trabajo." Ricardo Piglia, "Los sujetos trágicos (Literatura y psicoanálisis)", en Formas breves , Barcelona, Anagrama, 2000