2.9.05

El día que murió conmigo

Me encontraba frente a frente con un día muerto. Ya no rengueaba porque había vencido y así andaba, con ese aire autosuficiente de los ganadores y esa facilidad para respirar que hace creer que el cuerpo todo lo hace de manera automática. Y es una gran mentira, pero yo no lo sabía y, joven como era, tampoco estaba interesado en averiguarlo. En ese preciso momento todo estaba más allá de mí: ya sea atrás, pisoteado, como vestigio del camino recorrido, o mucho más adelante, como promesa de la miel de los dioses que un día probaría.
Pero ese mismo día estaba muerto. Lo más dulce es que yo mismo lo había matado. Ya en las primeras horas de la mañana, cuando me levanté de la cama, había sentido un olor diferente en torno a mí. Lo curioso es que no lo generaba yo, sino que estaba. Solo existía y no tenía nada que ver conmigo. Existía. Calmo y ajeno, ahí flotaba. Pensé un segundo en eso mientras me rascaba maquinalmente los huevos y lo olvidé después, en ese momento de agonía fugaz en que encendí la luz y me encandilé como la liebre frente a los faros del auto que le da muerte.
Pero quien había muerto era el día. Había sido asesinado y yo mismo había oficiado de gentil verdugo, de victimario roñoso y, luego del acto, de arrogante ganador de cuatro guitas. Me arropaba en mi orgullo y no me importaba sentirme miserable. Aun en aquel entonces era lo suficientemente sabio como para percibir que la verdad no molesta a nadie más que a quien pretende cambiarla. Yo no intentaba modificar nada. Yo mataba.
La cuestión es que el día estaba muerto y, por consiguiente, modificado. Nada era igual. Había fracasado.
Como en cualquier velatorio, tras la euforia llegaba el desengaño.

1 comentario:

gerund (a las corridas) dijo...

Otra que el extranjero de Camus!!!