15.2.13

Una novela abandonada. Día 2


Fioro, Sergio y vos se habían conocido y encontrado de casualidad, en una de esas casualidades que podían darse si habías sido adolescente durante los noventa y el 2000 te encontraba con veinte años.
Vos habías estado tocando con Andrés, pero no lograban construir nada. Astral, la banda pop —o de rock alternativo, como se llamaba eso en aquellos años— que una vez habían armado, se había desintegrado naturalmente (bueno, no tanto: Andrés había echado a Guido y nunca había simpatizado con Eva, pero en ese momento parecía natural que la banda volviera a fojas cero tras haber grabado un hermoso demo y haber sorteado dos presentaciones públicas más o menos… Sin la cantante y sin el bajista no se podía). Y, aunque ustedes dos se creían mucho, ambos cantaban, Andrés era capaz de tocar muy bien el bajo y competentemente la guitarra y el teclado, y vos tocabas la batería con mucha fe y componías con ilusión, no iban a ningún lado. Se habían juntado un par de veces a tocar en tu casa y se mostraban temas, pero no pasaban de ahí.
También habías tocado la batería en Prima Volta, esa banda de chicos del barrio en la que nunca habías confiado demasiado y que, a cambio, te había dado grandes momentos. Te habías unido medio porque sí, porque ensayaban y vivían cerca; en un momento habías creído, y después el blues y el rocanrol más cuadrado te cansaron. Al principio, te gustaba creer que lo llevabas en los genes, que sólo por ser de Ituzaingó te atraía, que en el Oeste las cosas eran así… pero después quisiste hacer otra cosa, otras músicas, algo más rico. Y eso que el grupo era bueno, ¿eh? Lucas era el mejor armoniquista que habías escuchado y, además, era un bajista y compositor muy sólido; Nico y Diego, los guitarristas, no se destacaban pero cumplían, y Juli, la cantante, tu hermana, era algo grande. Cristian medio que sobraba, pero bueno, era amigo de los chicos, cantaba bastante bien y, cuando te fuiste, cubrió tu puesto en la batería. Redondo.
Habías querido armar algo con Ana, tu novia de aquellos años, pero no había prosperado. No sólo porque la relación se terminó y la dejaste y te dejó y se dejaron, sino porque ella era demasiado grossa para vos, musicalmente hablando, y sólo el amor podía hacer que un baterista voluntarioso pero limitado y carente de toda técnica tocara con esa enferma que se había internado en un conservatorio a los nueve años y que, diez años después, era una eximia flautista y una pianista, guitarrista, cantante, etcétera, muchísimo mejor que vos. El nombre que se habían buscado, Petite et L’Esprit, era lindo; lo mismo las tres o cuatro canciones que llegaron a armar… Pero eso no podía andar, tendrías que haberte dado cuenta. Y, cuando no hubo amor, no hubo nada.
Entonces, cuando Marty te contó que un pibe que trabajaba con él en la disquería estaba buscando baterista y él le había hablado de vos, vos estabas libre y te encendiste de inmediato. Ni siquiera te importó que el proyecto de Fioro, este compañero de Marty en Tower Records, fuera de música surf, un estilo que no conocías. Amabas los sonidos de los sesenta, te gustaban mucho Jan & Dean y los Beach Boys (todo lo surf que conocías) y tenías tiempo y ganas. Le dijiste que sí sin dudarlo.
El domingo siguiente, en el Parque Rivadavia, Marty te entregó dos casetes compilados por él que le habías pedido: uno de ? & the Mysterians y otro de Small Faces. Había uno, un tercero, que te mandaba Fioro. Estaba rotulado: “Los Vengadores – Spy surf”.
Lo escuchaste durante toda la semana. Con una remera gastada de Fun People y unas bermudas barnizabas el techo de la casa de tu abuela y los temas instrumentales que brotaban del grabador se encaramaban con vos en la escalera. No conocías ninguno (excepto por el tema de la vieja serie de Batman compuesto por Neal Hefti), pero se te pegaron. Eran simples, directos, enérgicos, y los aprendiste.
Llamaste a Fioro el jueves. Estabas decidido:
—Buenas noches. Me gustaría hablar con Alberto, por favor. —Fioro era el apodo de Alberto, vale aclarar.
—¿El grande o el chico? —preguntó la señora.
—El chico, creo… —arriesgaste.
—Cómo no, un momento.
—Hola —dijo otra voz, la de Fioro.
—Hola, ¿Fioro? Cómo estás, soy Juan, el baterista amigo de Marty… Che, estuve escuchando el casete. Está muy bueno. Contá conmigo.
Fioro se puso recontento. Vos no lo sabías entonces, pero hacía tiempo que Los Vengadores eran sólo Sergio y él en busca de un baterista. Un amigo les había dado una mano para grabar los temas del casete, pero antes y después sólo habían tenido experiencias negativas con bateristas que no funcionaban. Nadie lo sabía aún, pero vos eras el indicado.
Arreglaron un ensayo para ese sábado en una sala de la calle Gallo. Al mediodía, incomodísimo. Vos ibas a hacer el viaje en tren desde Ituzaingó y no te importaba nada.

8.2.13

Una novela abandonada. Día 1


—Me voy de la banda —dijiste. Y sorprendiste a todos.
Hacía bastante ya que se peleaban, los ensayos eran cada vez más difíciles y, entre la falta de compromiso de Gustavo, la apatía de Fioro y las pocas pulgas de Sergio, algo así se veía venir. Estaba a la vuelta de la esquina. Colgaba entre las telarañas del techo. Y, sin embargo, los sorprendiste y te sorprendiste. Escupiste las cinco palabras así, sin más, y enmudecieron.
Probablemente haya tenido que ver con el momento. Nunca manejaste bien el tiempo, los tiempos (lo mismo podría decirse de tu desempeño como baterista, pero no lo diré: a mí me gustaba cómo tocabas y verte tocar). Chabón, era el cumpleaños de Sergio.
Los chicos estaban ahí con unas cervezas, una Coca, papas fritas y pavadas así. Les gustaba celebrar los cumpleaños así, de ese modo un poco infantil, en la sala. En esas ocasiones se comía, se brindaba, se bromeaba y, luego, se ensayaba y, si había suerte y alguna novia con ganas, aparecía una torta. Soplar las velitas, nunca, eso sí que no. Tampoco era para tanto, y por lo general trataban de mantener cierta saludable distancia y un trato serio y cordial, como de otra época. Todos ustedes eran de otra época.
Cuando vos llegaste estaban todos menos el cumpleañero. Sergio siempre había sido puntual, era un fundamentalista de la puntualidad, pero en esa época ya se había aflojado. Supongo que no le importaba.
En cuanto abrió la puerta y se asomó, y después de las felicitaciones y los saludos de rigor, soltaste lo tuyo. Esto no me lo vas a reconocer, pero creo que no te bancaste el homenaje a tu enemigo musical de aquel entonces y, en cuanto se hizo un silencio, largaste que te ibas. Así, a cuento de nada.
Obviamente, el cumpleaños —o lo que sea que fuera eso— se fue al tacho en ese mismo momento. Si hubieran tenido bonetes y serpentinas habría sido más gráfico, pero sucedió de todos modos.
Vos te sentaste en el medio, en una de esas sillas altas que habían comprado los pibes de la banda heavy con la que compartían el alquiler de la sala en un intento de “ponerle onda” (las comillas son insuficientes, porque esas sillas y esa lámpara eran espantosas) al lugar, y empezaste a hablar, con mirada de cordero y voz de mariposa, sobre tensiones, desgaste, intereses distintos y divergencias musicales. Los chicos te miraban, alguno asentía cada tanto. Sergio no, o no sabés, porque no lo miraste nunca.
Ese ensayo fue una mierda. Hubo pifies, más que los habituales, y ningún interés por trabajar sobre ellos. Ni sobre nada. Los temas se sucedieron como por obligación. Nadie se miraba ni hablaba. Fioro, Sergio, Gustavo y vos, cuatro islas, uno en cada rincón de la sala.
No recuerdo cómo terminó el ensayo, pero no me vas a corregir si invento que saludaste a los chicos sin ningún sentimiento, un beso para cada uno, y te fuiste apurando el paso para que ninguno se te uniera en la caminata hasta Boedo y la parada del colectivo. Mientras esperabas el bondi te sentías aliviado y vacío, en blanco, potencialmente muchísimo y la nada más absoluta. No sabías qué sería de vos, cuál sería tu futuro más inmediato con la música, y eso te llenaba de incertidumbre. Pero, al mismo tiempo, sentías que tu historia podría ser cualquiera, que ya no eras miembro de Los Vengadores y que podrías tocar con quien se te ocurriese, cualquier género, en cualquier momento. El balance arrojaba algo neutro, incoloro, que no te llenaba pero tampoco pesaba. Neutro. Eso siempre te sirvió. Siempre preferiste la nada antes que cualquier cosa que no te convenciese del todo. Elegías, tomabas decisiones, pero tendías a la nada. La nada estaba ahí. Hablabas, esbozabas planes, y todas tus palabras tenían el acento de la nada. La nada era tu idioma original, tu lengua materna, esa que habías aprendido a cubrir con palabras ajenas.
La nada era tu pensamiento.
En el colectivo de vuelta a casa tras ese último ensayo leíste unas cuantas páginas de un libro de Castillo. Ese libro era un madero suelto en el medio del mar y te aferraste a él para no hundirte, para no pensar. “Ser feliz es no pensar”, solías repetir como una verdad absoluta cuando adolescente. Con el tiempo habías aprendido que la cosa no es tan así, que no siempre es así, al menos, y habías olvidado tu lema. Lo mismo para “Sos lo que sentís”, tu segunda verdad de los dieciséis años. No obstante, esa noche, durante ese viaje y sin tener nada de eso presente, te habías zambullido en el libro para nadar en la nada, para no tropezarte en algún recoveco con vos mismo, para no preguntarte cómo te sentías ni por qué habías hecho lo que habías hecho.
Cuando llegaste a tu casa, el departamento de la calle Perón, Andrea te preguntó cómo había salido todo y vos, reconfortado ante la sola visión de tu novia, sonreíste y le dijiste muy seguro —con esa seguridad que tenías entonces y que luego fuiste perdiendo— que todo estaba bien, que te habías ido de la banda pero había sido en buenos términos, que los chicos habían entendido todo y que en la semana irías a buscar la batería. Estabas aliviado, claro, aunque eso no se lo dijiste. Tampoco que estabas asustado.

6.2.13

5.6.12

En el 5 con Gene Chandler

Anoche tomé el 5 rumbo al centro. Sentado en un asiento individual, iba mirando por la ventanilla la calle oscura mientras escuchaba a Gene Chandler.
Cuando empezó «Duke of Earl» viví un momento mágico, una de esas extrañas ocasiones en las que la música que llega a través de los auriculares, muchas veces desde los confines más remotos del tiempo y el espacio, forma un todo con el entorno, con lo que se ve, con lo que se siente, como un soundtrack perfecto.
Así, mientras el 5 surcaba la noche de Buenos Aires por la calle Bartolomé Mitre, yo fui el duque de Earl (o Gene Chandler acompañado de los Dukays, que para el caso es lo mismo). Y fue tan lindo que repetí la canción varias veces, siempre con el mismo efecto. (Incluso, a partir de la tercera o cuarta reproducción empecé a cantar por dentro y a mover las cejas, arrugar la frente y gesticular con mucho sentimiento.)
Eso sí, llegado un momento tuve que dejar que comenzara la siguiente canción. El duque de Earl se había ido. Dos minutos después me bajé del colectivo.

4.6.12

Don diabólico

    Andaba por la calle con una cancioncita enredada en la cabeza. No era gran cosa, pero la había escuchado unas horas antes y se había quedado conmigo. Caminaba, entonces, oyéndola de memoria y tocando la batería en el aire.
    Un hombre flaco vestido de gris me detuvo con una mirada extraña. Haciendo la mímica de sacarse unos auriculares, arqueó la boca, como sonriendo, y me preguntó:
    —¿Qué estás escuchando, que te veo tan copado?
    —Nada —dije, mostrándole que no tenía en las orejas ningún auricular—. Solo escuché una canción y estoy pensando en cómo sería tocarla.
    —¿Y cómo la reproducís?
    —La tengo en la cabeza.
    —Pero ¿cómo la escuchás?
    —No la escucho, solo me la acuerdo.
    Pareció asombrarse.
    —A ver, ¿podés mostrarme cómo es? —preguntó.
    —No, pero puedo mostrarte lo que estaba haciendo, cómo la estaba tocando —propuse.
    Él se entusiasmó, me pidió que lo hiciera y se paró a mi izquierda para seguir mis movimientos. Toqué la batería en el aire otra vez, pero lo hice mejor. No solo porque tenía público, sino también porque tocar parado en lugar de hacerlo caminando me permitía usar las piernas para hacer además la mímica de los pedales.
    —Pero no la escucho, ¿podés cantarla?
    —No, solo la sé tocar. Prestá atención —dije mientras intentaba tocar con más precisión.
    —Uh, ¡ya la escucho! ¡Te sale muy bien!
    —Nah, no sé. Hace mucho que no me siento en la batería, nunca toqué esta canción y la verdad es que no sé cómo me sale.
    —Te sale, te sale —bajó la voz, cerró los ojos, pareció concentrarse—. Ya te sale. Todo te va a salir bien de ahora en más.
    —Bueno, gracias.
    —¿Sabés por qué te lo digo? ¿Sabés quién soy yo? —preguntó, seguro, mostrándome un anillo. No lo pude ver bien, pero era negro y tenía escrituras y una cruz plateada. Temí que fuera a soltarme un sermón religioso.
    —No —dije, corto, pensando en irme.
    —Yo te doy el don. Yo te lo doy. Ya te lo di. Pero no viene de Dios... Viene del Diablo. —Me miró y me apretó el brazo—. Así que tené cuidado, porque todo va a salirte bien... pero no sé si está bueno —advirtió. Su voz estaba llena de dudas y su mirada, antes perdida, parecía haber vuelto. Era torva.
    —Tendré cuidado. Gracias.
    —No sé si está bueno, ¿eh? No sé. Cuidate, por favor —dijo, y me abrazó. Luego se separó y, al tiempo que yo comprobaba con disimulo que la billetera y el celular siguieran en su sitio, me tomó el mentón para mirarme la cara—.  Creo que vas a estar bien. Te vas a cuidar. Todo va a salirte bien. Lo sé. —Convencido, se apartó para que siguiera camino—. Todo, todo va a salirte bien —insistió.
    Le agradecí una vez más, le juré que tendría cuidado y me fui.
    Me gustaría creerle. La mirada extraviada, la costra oscura de color morado en el labio inferior y el olor a vino hacen que dude de él, pero no sé. Al fin y al cabo, tal vez no tenga nada que ver con el Diablo.

27.5.12

Sol

Una semana sin sol. Siete días sin que aparezca el astro rey.
¿Y si Galactus se lo hubiera comido? Habrá que estar atentos y mirar el cielo: si aparece Silver Surfer, fuimos.

21.5.12

Cuando llueve

Los últimos días fueron largos para todos, pero especialmente para A.; por eso, esta mañana debí convencerla para que se quedara en casa. No tuve que insistir demasiado; ella sonrió y se acurrucó entre las sábanas en un parpadeo antes de seguir durmiendo.
Así, el día fue raro; transcurrió neblinoso y lento mientras yo corregía una novela y tomaba café y la casa se llenaba de silencio.
Pero A. lo describió mejor. Recién levantada, se paró junto a la ventana y, mirando entre las plantas la calle Franklin teñida de gris, dijo: «Cuando llueve, el mundo es de fin de semana».
Yo le pedí que lo repitiera. Y después, claro, vine a escribirlo.